martes

Pilón





Estuvimos allí, en el pilón alfombrado de ova, cuando las mulas bebían a lametones, mientras miraban el reflejo de su cabeza y de su collera en el agua verdosa. Estuvimos en el preciso instante en el que una mujer llenaba un cántaro, y otra pedía la vez. Probamos en nuestras manos la tibieza del agua del pilón en un día de verano, y rompimos su cristal de escarcha en invierno.
Y dicho esto, allí en el pilón quedó el instante leve y fugaz de la niñez.


sábado

Escrito





Nunca fue a la escuela. Ni siquiera a aquel cachito escuela a la que acudían algunos compañeros suyos en los meses de poca labor en el campo. Aquella a la que les llevaban los padres para que aprendieran  a poner la firma y las cuatro reglas, y no estamos hablando de las cuatro reglas del método cartesiano sino de sumar, restar, multiplicar y dividir. Él, ni tan siquiera eso.
Aprendió algo antes de hacer la mili, para poder escribir a la novia; y luego, ya padre de familia, en la escuela nocturna. A partir de ahí, no paró de leer... ni de escribir; esto queda patente en los cuadernos que heredaron sus hijos: cuentos, frases, historias de su pueblo, amagos de poemas... 
Algunos de estos escritos los transcribieron los nietos, orgullosos de su abuelo, tal cual los había escrito él, faltas de ortografía incluidas.


Este poema de Antonio Orihuela le hubiera gustado:





Al final de la comida


Al final de la comida
le he enseñado a mi madre
el libro de poemas
que acaban de publicarme.

La artritis de sus manos
apenas le deja mantenerlo abierto
y sus escasos años de escuela
recorren las palabras
como un niño que gatea
hasta hacer incomprensibles mis versos.

Loca de contento,
orgullosa de su hijo,
le lee un poema a mi padre
que la mira desde el sofá.

Cuando termina,
levanta la cabeza
y ve a mi padre dormido.

Lo despierta
y vuelve a comenzar
hasta tres veces
la lectura...

Yo no digo palabra,
pienso en los amos de la fuerza de los humildes,
en el tiempo delicioso que les robaron,
en la lengua que apenas les dejaron para comer
y reproducirse

en los profesionales del estilo,
en los críticos de las letras,
y en lo lejos que estará siempre
el pueblo sencillo y trabajador
de eso que llaman literatura.

(Antonio Orihuela)





martes

Regalo




Viene mi nuera y me dice que me va a comprar un jersey. ¿Un jersey...?, ¿y para qué quiero yo un jersey si con la ropa que tengo voy servido hasta que me muera? ¿Y qué otra cosa voy a querer..., si no me hace falta nada, si tengo de todo? "Pues algo te tendremos que regalar por Navidad", me dice ella. Y algo caerá, seguro, quiera yo o no, lo necesite o no lo necesite, algo comprará; otro regalo para que se quede ahí, metido en un cajón, sin uso, olvidado.
A mí hay un regalo que nunca se me olvida, un regalo de verdad, un jersey precisamente: mi primer jersey entero, todo de una pieza y de un mismo color.
Vivía yo entonces en las afueras, en una calle de casas chicas y bajas que en un tramo daban al campo, Entre la calle y el campo había un muro formado por cambroneras, a las que nosotros denominábamos 'camondreras'. En aquel muro de camondreras espinosas había algunos boquetes por los que nos enfilábamos para entrar y salir del campo sin necesitar de bajar al camino. Y allí, escondidos entre las ramas, igual jugábamos que cagábamos, pues era aquel el particular retrete de todos aquellos cuyas casas, a fuer de pequeñas, no tenían ni corral; quizá fuera por ello por lo que el barrio era conocido como "los Cagaeros".
Tendría yo entonces seis o siete años y ya sabía del trabajo, y de las penurias de aquel barrio donde la subsistencia dependía de los jornales del campo. Y aquel fue un buen año para el campo y, por ende, un buen año de jornales; así que mi madre debió considerar que podía permitirse aquel regalo para mí, aquel jersey  tejido por ella, con lana nueva de un solo color, todo de una pieza. Y aunque ya lo tenía tejido por Los Santos, y hacía frío por aquel entonces, no me dejó estrenarlo hasta la Nochebuena, que era fiesta más grande y merecía más el estreno según ella. 
Así que, la tarde de Nochebuena, mientras en la lumbre se cocía el arroz con raspas de bacalao, mi madre me acicaló y me puso el jersey, no sin hacerme antes una serie de recomendaciones acerca del cuidado que debía tener para no dañar mínimamente aquel regalo tan costoso. Y mientras esto ocurría, me vino un apretón y, para aliviarlo, me fui corriendo, como siempre, hacia las camondreras. Estaba allí en cuclillas cuando escuché la voz de mi madre, que me urgía para que la acompañara a alguna parte, así que me levanté, me subí los pantalones y me dispuse a pasar por uno de los boquetes abiertos entre las camondreras. Pero allí me quedé, en medio del boquete, atrapado por una rama que se había prendido en mi jersey. Lo intenté todo: desprender la rama con cuidado, tirar levemente, gritar pidiendo ayuda..., nada; hasta que un giro desesperado de mi cuerpo hizo que la rama se desprendiera de mi, llevándose, eso sí, algunos puntos de mi jersey y causando un desgarrón en el mismo.
No me dolió el descosido, ni la reprimenda de mi madre a cuenta de ello, ni las risas de todos cuando se contaba el episodio...; sino la puta rama de camondrera que había conseguido ensombrecer la ilusión de mi primer regalo, aquel primer jersey nuevo, todo de una pieza, de un mismo color.