sábado

Escondite





Se enfilaba rápido, se agazapaba en la oquedad, y se quedaba encogido, conteniendo la respiración, escuchando atentamente la voz que cantaba: "¡...treinta y nueve... y cuarenta, qué voy!".
Unos segundos de silencio, el oído atento al más leve rumor, el cuerpo en tensión, inmóvil, dentro de la barriga de barro que olía a vino,
Y allí, aguardando el momento propicio para salir, le sorprendía a veces un grito: "¡Te pillé!".



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