sábado

Escrito





Nunca fue a la escuela. Ni siquiera a aquel cachito escuela a la que acudían algunos compañeros suyos en los meses de poca labor en el campo. Aquella a la que les llevaban los padres para que aprendieran  a poner la firma y las cuatro reglas, y no estamos hablando de las cuatro reglas del método cartesiano sino de sumar, restar, multiplicar y dividir. Él, ni tan siquiera eso.
Aprendió algo antes de hacer la mili, para poder escribir a la novia; y luego, ya padre de familia, en la escuela nocturna. A partir de ahí, no paró de leer... ni de escribir; esto queda patente en los cuadernos que heredaron sus hijos: cuentos, frases, historias de su pueblo, amagos de poemas... 
Algunos de estos escritos los transcribieron los nietos, orgullosos de su abuelo, tal cual los había escrito él, faltas de ortografía incluidas.


Este poema de Antonio Orihuela le hubiera gustado:





Al final de la comida


Al final de la comida
le he enseñado a mi madre
el libro de poemas
que acaban de publicarme.

La artritis de sus manos
apenas le deja mantenerlo abierto
y sus escasos años de escuela
recorren las palabras
como un niño que gatea
hasta hacer incomprensibles mis versos.

Loca de contento,
orgullosa de su hijo,
le lee un poema a mi padre
que la mira desde el sofá.

Cuando termina,
levanta la cabeza
y ve a mi padre dormido.

Lo despierta
y vuelve a comenzar
hasta tres veces
la lectura...

Yo no digo palabra,
pienso en los amos de la fuerza de los humildes,
en el tiempo delicioso que les robaron,
en la lengua que apenas les dejaron para comer
y reproducirse

en los profesionales del estilo,
en los críticos de las letras,
y en lo lejos que estará siempre
el pueblo sencillo y trabajador
de eso que llaman literatura.

(Antonio Orihuela)





No hay comentarios: